Educación Ética Good people

Una niña que llora desconsolada, y una persona que se apiada de ella, así empieza la historia.

Una mañana hace poco , en las tiendas de Feygon frente a las playas del Sardinero fui testigo de un momento esclarecedor. Estas tiendas me gustan, pues conservan cierto ambiente de barrio, de cercanía, de pertenencia, de sí lugar frente al resto de negocios franquicias, impersonales y  a escala que se expanden por nuestras calles. Resulta que entre las tiendas y frente a la carnicería  suelen alegrar la calle los niños y niñas de una guardería cercana que junto a sus educadoras ( Técnicos Superior en Educación Infantil imagino, un curso de 2000 horas, contando prácticas) usan estas calles de patio para regocijo de quienes nos encanta estar rodeado de peques.

Observaba yo como lloraba una niña de unos 3 años a lo sumo, desconsolada, sola y apartada del grupo. Lloraba como solo lloran los niños o como cuando  a un adulto se le rompe el alma. Lloraba tanto que la clientela de la carnicería no hacía más que mirarla e imagino que comentaban la desazón  que embargaba en toda sí a la niña. Las educadoras velaban por el resto de niños y niñas mientras departían alegremente de sus cosas.

Aquí empieza la historia,  Justo en ese momento, una señora sale de la carnicería y con el tono conciliador y suficiente que solo tienen las madres con mil y unos lloros provocados y consolados, se dirigió a las educadoras.  Les preguntó si no podían hacer algo por esa pobre niña que llevaba tiempo llorando a corazón partido. Ya  que según la señora clienta de la carnicería con maneras de madre experimentada lo menos que podían hacer es consolar su rasgado llanto.

Aquí comienza el drama, al unísono, con indignación y cierta violencia en sus modos, las tres técnicas  recriminaron a la señora que quien era ella para juzgar su profesionalidad e inmiscuirse en lloros ajenos. Ella que seguro que no tenía estudios, ni trabajaba, ni sabía que hacer con niños. Ya que, según las cualificadas técnicas, esa niña lloraba porque era nueva (osado atrevimiento) y por que quería dormir su siesta y ese día no le tocaba ( menudo capricho). La señora mordiéndose la lengua fue abandonando el lugar y las 3 técnicas volvieron a sus quehaceres,  incluida su animada cháchara (ahora más aún) . Eso sí, ya me iba yo también, pero me pude percatar de que al final, la niña recibió más atención, consuelo espero, de esas personas adultas en quienes sus padres delegaron su bienestar.

Este infeliz episodio que se saldó con una niña desconsolada y cuatro adultos airados, me parece esclarecedor por varios motivos. El primero y más importante porque una vez más se demuestra que el romper la indiferencia modifica la realidad. Y en este caso, la señora al inmiscuirse consiguió centrar la atención en el llanto de una inconsolable niña. Martin Luther King aseguraba que comenzábamos a acabar cuando nos mostrábamos indiferentes a lo qué y quiénes nos rodean. ¿ Qué clase vecino o vecina puede mostrarse indiferente al llanto inconsolable de un infante? ¿ Qué clase de educador es capaz de permanecer indiferente al lloro y sufrimiento de uno de sus educandos?

Por otro lado, ¿alguien puede ponerse en los zapatos de esa niña de no más de tres años, nueva, por tanto rodeada de desconocidos, sola, sin siesta y cansada?  Sin noción del tiempo y del espacio, llorando hasta el cansancio sin que nadie mitigue sus lágrimas, ¿ no tiene motivo para sufrir? ¿ no se merece alguien que mitigue su dolor? Quiero pensar que las técnicas a cuyo cuidado confiaron a la niña eligieron esta respuesta conscientemente, avaladas por esas pseudo técnicas educativas que defienden que dejar que los niños y niñas lloren solos soluciona sus problemas. Problemas de los educadores o los padres, claro. Pues, el niño o la niña al entender que nadie calma su lloros simplemente inhiben su respuesta. Lo que no quiere decir que tengan bienestar, ni que comprendan porque sufren. Eso si, los padres, madres y técnicas pueden gozar con más tranquilidad de chácharas y otros placeres.

Por último, habría que pensar sobre que sociedad disfrutamos. Cuando somos capaces de creer que el confiar a nuestros tiernos, flexibles, moldeables e indefensos niños y niñas a la labor de unas técnicas es ofrecerles una educación de calidad. Más aún en un país como el nuestro, donde para cursar estudios de educación no hay ningún tipo de sesgo, ni corte, ni siquiera un psicotécnico. Es decir, no es que eduquen los mejores de nuestra ciudadania, ni siquiera, los más sanos. Frato, Rodari o Exupery, alguno de ellos, aseguró que la salud de una sociedad se mide por la salud y calidad de sus escuelas infantiles. En la escuela infantil que trabajé, teníamos como prioridad estar con los niños y las niñas. Eso significa que nunca había corrillos de educadores ( todos diplomados o licenciados) y que los niños y niñas lloraban, pero nunca solos. En Alemania, los centros infantiles, son escuelas infantiles. No sé cuando llorará desconsolado Martín, pero si sé que no será en patio de recreo de Feygon.

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Gonzalo Silió Sáiz

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