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Leonardo Torres Quevedo, un colegio a la altura.

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Sé que todavía se reúnen. Han pasado varios años, tantos que algunos y algunas ya están jubilados, después de pasar por diferentes colegios e institutos. Se separaron, dejaron de trabajar juntos, pero desde que lo hicieron por primera vez, siguen reuniéndose al menos una vez al mes. Comen juntos e imagino que hablan de los viejos tiempos y de los venideros. A veces, nostálgicos, se les unen otras personas que  también compartieron aquel tiempo en el que crearon un colegio. Por supuesto que añoran a quiénes ya no están y estoy seguro que siguen disfrutando del recuerdo del colegio que formaron y recuerdan el colegio que disfrutaron.

Un profesor de mi Facultad aseguraba que se hizo docente para ser el profesor que nunca tuvo. Yo supongo que soy profesor gracias a los profesores que tuve. Profesores que desde bien pronto me marcaron, y me transmitieron la importancia de saber y ser.

Llegué en 4º de EGB al Colegio público Leonardo Torres Quevedo. Atrás dejé el aula fría, desvencijada y descuidada de Pie de Concha, donde tres cursos compartíamos clase y profesora . Recuerdo poco de aquellos días. Me gustaba mucho ir, pues iba solo con mis amigos en bici, pero no sé porque las clases las vislumbró ruidosas, caóticas y estresantes. En cambio, las clases de la Serna las recuerdo divertidas, estimulantes y novedosas. Era muy pequeño para evaluar el cambio, pero se me antoja brutal.

De la sala mohosa con estufa de Pie de Concha , a las aulas luminosas y modernas de La Serna. Allí conocí un laboratorio, sala de plástica, salón de actos, luego pabellón e educación infantil, clases particulares, y mil y una novedades para mi, para mi pueblo y valle.  Participé de un AMPA que animaba, motivaba y espoleaba al Claustro: extraescolares, excursiones recurrentes y planificadas: en tren estrella a Valladolid, en autobús a la Penilla,  a Alsa, Santillana, Bárcena Mayor, Santander, andando a la Panda, magostas, plantaciones de árboles…; fiesta de fin de año con más de siete autobuses de familias de convivencia; cross escolar; campamento en bicicleta a Rocamundo cuando no iba nadie; charlas y exposiciones; teatro, cine; semana blanca; semana de vela; fin de curso a Salou;…todo eso en los años 90. ¡Qué suerte tuvimos!

Yo viví el colegio en todo su esplendor y desde todos sus ángulos. Fui alumno, delegado, miembro del consejo escolar, monitor de los campamentos de Rocamundo, (donde me rompí una clavícula y tarde más de tres horas y tres trayectos en llegar a Sierrallana) y estuve también un año de profesor en prácticas. Quizás mi recuerdo sea un caledoscopio de todos mis momentos allí vividos y no sea compartido, pero los hechos se recogen y lo que aquí comparto es la historia de un Colegio que fue grande gracias a las personas que le formaron. Colegio que cuando se analizaba en la facultad,  marcaba las diferencias por las actividades docentes que en él se desarrollaban. Rocodromo, patinaje, floorball,…por citar solo mi área de Educación Física.

Años después cuando yo mismo impartía clases en la Facultad de educación o diseñaba programaciones educativas en otros países, siempre me sirvió mi Torres Quevedo como referente. En Organización escolar del centro, materia de estudio pedagógico,  existen varios dogmas y uno de los más compartidos es que no existe una gran escuela sin un gran equipo directivo detrás. Y tampoco existe un gran equipo directivo sin una buena escuela detrás. Es decir, que cuando una escuela funciona bien es porque está bien dirigida, y si no funciona la escuela, es porque está mal dirigida. Ya se sabe… no hay buen viento para quién no sabe hacia donde remar.  En el Colegio Leonardo Torres Quevedo que yo disfrute, hubo un gran equipo directivo. Gracias Alejandro, Jose Luis, Raúl, Alfonso, Nacho y Pedro, vuestro esfuerzo sirvió para nuestro desarrollo.

Otro dogma sobre la organización de los centros que ha sido refutado incluso año tras año por los Informes PISA es que la calidad de los profesores es la palanca más importante para medir el nivel de una escuela. Es decir, el nivel de los profesores marca el techo de calidad que puede alcanzar un centro escolar. Y esa fue la gran suerte que tuvimos en el colegio, disfrutar de buenos docentes como los citados anteriormente, además de Manoli, Jose Ángel, Reyes, Ana, Javier, Marisol, Claudia,…al recordarles afloran buenos momentos. Al recordarles, encuentro porque me dedico a esto. Y por ello, os doy las gracias.

Por último, es bien conocido y son miles las escuelas que lo han hecho realidad, que la implicación de la comunidad en el centro escolar y del centro escolar en la comunidad es otra de las claves que auguran el éxito escolar. En el Colegio Leonardo Torres Quevedo que conocí el AMPA participaba constante, continua y firmemente en la dirección del centro. El consejo escolar, las actividades y el soporte del AMPA eran las claves que hacían posible que el claustro marcase diferencias. Pero además, era generaba la inercia que exigía al claustro que actuase como docentes y no como funcionarios. Solo así se entendía ( y se consiguió) una escuela que fue más allá del libro de texto y de los trasnochados deberes. Un Colegio Leornado Torres Quevedo que educó y posibilitó que todos sus integrantes se desarrollasen en él. Un Leonardo Torres Quevedo para recordar y disfrutar. Ya que su ejemplo sigue ahí y es más fácil que nunca retomar su relevo.

Gracias a todos aquellos que formasteis este nuestro colegio, porque no todo el mundo tuvo, ni tiene, la suerte que tuvimos.   Dewey, asegura que “Si enseñamos a los estudiantes de hoy como enseñábamos a los de ayer, les privaremos del mañana”, que gran pérdida sería que el Torres Quevedo de ayer, no estuviese hoy…

Tecleo en google Colegio Torres Quevedo buscando algún hito y el hito que se luce aun hoy, es de ayer. Hoy viendo de nuevo el video donde nuestros alumnos nos dan las gracias, sentí la necesidad de dar yo gracias a mis maestros y maestras: gracias de verdad.

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Gonzalo Silió Sáiz

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